12.09.2014 | 04:15
Enrique Ballester Mi hija, que esto está para hablar de cosas importantes, ha empezado esta semana a ir al colegio, y solo espero que algún día me perdone por toda esta mierda. Cada mañana el ritual es el mismo: suena bien temprano el despertador y yo, que no madrugaba con regularidad desde el Mundial de Japón y Corea, me comporto como un padre de esos de los anuncios, de manual, el desayuno, la ropa, el trayecto, la fila de a uno en el patio, el adiós encogido de la despedida. Al recogerla, horas después, suele irrumpir el combo de grandes éxitos: se ha meado, ha llorado y no ha querido comer. Hattrick, y hay más, cuando su madre no la escucha me abraza y me dice, bajito, al oído, día tras día, sin disimular: «No quiero volver al colegio nunca más».
A mí, todo esto me ha recordado la más básica pauta filosófica y vital: lo mejor de ir al colegio era NO IR AL COLEGIO, igual que lo mejor de trabajar es NO IR TRABAJAR. A mi hija le queda el consuelo, aunque todavía no lo sepa, de que no siempre es así, el primer año, la primera semana, el primer mes, luego la experiencia mejora, o simplemente uno se rinde, se aliena, y claudica a dicha experiencia para intentar ser feliz. Algo similar ocurre, y no quiero forzar, con este cuarto año de viaje albinegro por Tercera División. Lo mejor de ir al fútbol el año pasado era NO IR. La angustia abstracta que siente ahora mi hija al entrar en clase, o al pensar en volver a entrar en clase, donde no entiende por qué lloran todos alrededor, por qué tiene que ser todo así de difícil, es la angustia vital que sentíamos nosotros al entrar en Castalia al matadero, el curso del casi descenso, la angustia al pensar que el domingo había partido y esa mezcla de necesidad y obligación de estar ahí, la angustia al pensar que habrá lío desgraciado, que sufriríamos la misma fatalidad de la depresión cíclica, con lo que eso duele por lo que significaba en realidad: ir al fútbol era hasta que nos lo robaron un ejercicio de pura ilusión y expectativa, un billete a la evasión y al pensamiento mágico.
Sin eso, solo quedaba el sinsentido.
Y por eso, yo me felicito por lo que llevamos visto de este nuevo Castellón. Lo mejor del Castellón de Esteva es que alimenta la motivación de seguir viendo al Castellón de Esteva, semana tras semana, jornada tras jornada. Lo segundo mejor es que el nuevo Castellón de Esteva es nuevo de verdad. Es el suyo un equipo alejado de la perfección, por supuesto, pero repleto de sugerentes puntos de apoyo, de cuestiones abiertas que nos alejan de la idea de amanecer medio febriles y medio enfermos, comer algo, bajar la persiana y regresar a la cama. El Castellón 2014-15 es todo lo contrario, apetece que sea domingo y molesta el paréntesis próximo en el calendario. Quiero más: el bonito reto de Álex Ruiz en la portería, el sugerente duelo de contrastes por la titularidad en el lateral izquierdo, el casi infinito abanico de posibilidades en el centro del campo, la brava competencia entre la pujanza del niño Pino y el soldado Yagüe, la monumental tarea de abrirse paso entre la aglomeración para los jóvenes Quirant y Meseguer, la pelea de Ximo por resquebrajar la solidez de la pareja titular de centrales, el dulce ensimismamiento durante ese segundo de pausa que Canadell provoca cuando gira y alrededor el mundo entero se detiene, el interrogante que descifre el juego de boya de Zárate o el complicado propósito del entrenador de convertir la abundancia de recursos en una ventaja en el largo plazo.
Fútbol, al cabo, mucho fútbol. Todo eso y más. Que no nos lo roben, no os dejéis. Que ya iba siendo hora.
QUE GRANDE ERES!!! ENRIQUE BALLESTER EN ESTADO PURO




